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La civilización y el autocontrol de los individuos


Desde el punto de vista de Norbert Elías, la civilización supone que el principal problema para el hombre es el hombre mismo, ya que el individuo debe ejercer el autocontrol, la autovigilancia y la autorregulación para que se mantenga la paz social. Pero la tensión que implican el autocontrol y la auto-represión permanentes, productos del cambio del aparato psíquico en el proceso civilizatorio[1], superen al individuo para exponerlo a el y a otros a un peligro de muerte. Esto se explica porque el peso que carga cada individuo en su interior de tener un comportamiento socialmente “correcto” alcanza tal intensidad que, junto a los autocontroles conscientes, aparece también un aparato de autocontrol automático y ciego que, por medio de una barrera de miedos, trata de evitar las infracciones es del comportamiento socialmente aceptado.

La estabilidad del aparato de autocoacción psíquica (autocontrol, autorregulación), dice Elías, que es una fuerte característica de todo individuo “civilizado”, esta íntimamente relacionado con la creación de institutos de monopolio de la violencia física y con la gran estabilidad de los órganos sociales centrales. Con la constitución de tales instituciones se crea un aparato formativo que sirva para inculcar al individuo desde su infancia la permanente costumbre de dominarse. Este modo de control sobre si mismo funciona de modo automático.

En las sociedades que poseen un monopolio estable de la violencia física, el individuo esta protegido frente a los crímenes de los otros, al mismo tiempo que tiene la obligación de reprimir los impulsos violentos que lo llevan a atacar a los demás individuos. Para decirlo más simplemente: el individuo reprime sus pasiones espontáneas a cambio de seguridad y protección estatal. Es por esto que el sistema jurídico tiene la función de mantener la cohesión y el orden social, ya que castiga a aquellos que rompen el “pacto de no agresión” primordial de la sociedad. Cuando más densa es la red de interdependencias entre individuos, mas amenazado está el que cede a sus emociones, mayor ventaja social tiene el que consigue “dominarse” a si mismo y se educa más intensamente a los individuos desde niños para que reflexionen sobre las consecuencias de sus actos.

Como bien explica Elías, el dominio de las emociones espontáneas, la represión de los afectos, el pensamiento más allá del “aquí y ahora”, son distintos aspectos del mismo tipo de cambio de comportamiento que se produce necesariamente al mismo tiempo que la monopolización de la violencia física, la ampliación de las secuencias de acción y de las interdependencias en el ámbito social. Se trata de una modificación del comportamiento en el sentido de la “civilización”. Se consolida un aparato de costumbre peculiar, un “super-yo” especifico que pretende regular, reformar o reprimir continuamente sus afectos de acuerdo con la estructura social.


[1] Desde niños nos inculcan una regulación del comportamiento propio cada vez más estable, como si fuera algo automático.

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